Debe ser Laura...
Modernidad Parte II: la ficción
por Gaspar P. · 18/7/2026
La última vez compartí con ustedes recortes de periódicos verídicos de un tiempo pasado en Gualeguaychú. Hoy vamos a imaginar un pasado que seguramente jamás ocurrió pero... ¿Y si si? (como dicen en México). La siguiente carta fue encontrada en el archivo personal de un prestigioso Psiquiatra que tenía su consulta en Gualeguaychú:
29 de agosto, 188- Al fin me han permitido escribir unas líneas: eres la única persona en este mundo capaz de comprender el alcance de mis actos, y el único que puede ayudarme. No sé muy bien por donde comenzar, debes pensar que soy un loco y que debí haber sido internado hace ya mucho, pero lo cierto es que, si estuviese loco, lo que voy a contarte nunca debió haber sucedido… y vaya si lo hizo. Desde la desgraciada muerte de mi prometida corté todo tipo de lazos sociales y encerréme en una frenética búsqueda. Hasta hoy, nadie sabe el objeto de aquel encierro, por la mayor parte de la gente atribuido al dolor de tan temprana pérdida. Te pido perdón por mi abrupta desaparición. Ciertamente, fue ese dolor indecible el que me arrastró a lugares, a fronteras del conocimiento a las que jamás pensé que llegaría. Queriendo volver a comunicarme con Laura consulté innumerables volúmenes de ocultismo, espiritismo, religiones tradicionales… todo lo que pudiera acercarme a comprender el porqué de su partida, y el cómo de nuestro reencuentro. Si, quería reencontrarme con ella, escucharla, aunque solo fuera una vez más. Quería volver a sentir su presencia de la forma que sea. Los libros prohibidos no me acercaron más a ella que la más estúpida de las oraciones religiosas: ridículos rituales, pactos, sacrificios animales, barbaridades dignas del mas idiota de los salvajes. La auténtica respuesta estaba en otro lugar: en la tecnología. Las luces del progreso que tantos adelantos han traído en este siglo: vapor, luz eléctrica, y más… ¿Acaso podría existir un instrumento capaz de comunicarse con aquellos que se han ido? Parece absurdo, lo sé, la historia está repleta de lunáticos que tantearon estas ideas, pero nadie había llegado a las conclusiones a las que arribé ni tampoco la técnica estaba tan desarrollada entonces como lo está hoy. Hice llegar desde los Estados Unidos los más modernos artilugios de teléfono, fonógrafo, y los más voluminosos manuales de técnica e ingeniería. Quería desentrañar los arcanos de todo aquello, descifrar las claves para comunicarme con lo inasible. ¿Qué extraña fuerza motivaba todo eso? El amor, el más irracional de los motores, aquel que puede mover montañas, la fuerza por la cual se han levantado y han caído imperios a lo largo de la historia… Y lo logré querido amigo.
No quiero ni puedo detallar por este medio el decurso completo de mis investigaciones, solo te resumiré breve y sencillamente las características de mi proeza: pude confeccionar un aparato que, en su apariencia exterior, semeja un teléfono hogareño como cualquier otro. Pero que, en su interior, lleva calibrados instrumentos con una sensibilidad tal que son capaces de captar las más mínimas ondulaciones del éter, decodificarlas y transformarlas en sonidos audibles. Pero después de tantos gastos, tantos meses (¿o fueron años?) de estudio y esfuerzo, no funcionaba: al acercar el oído a la bocina solo se escuchaba una lluvia, incesante, muda. Enseguida supe que aquella no era una falla técnica sino un error de lo más elemental: ¿Cuántas personas se necesitan para establecer una comunicación telefónica? ¡EXACTO! Dos. Necesitaba probar el dispositivo directamente con un emisor-receptor. No quise probar el instrumento con un alma cualquiera, no. La primera comunicación entre el mundo físico y lo inextricable debía ser necesariamente entre Laura y yo.
Elegí una noche de luna llena para ir al cementerio, no quería utilizar ninguna luz artificial para no ser descubierto, pensé primero en sobornar al cuidador...pero no, nadie debía verme. El panteón de los Irazusta es uno de los más bellos del cementerio, podría decirse que es un fragmento de la Roma imperial en miniatura. El claror de luna ingresaba por las ventanas de la gran puerta bañando el interior, de puro mármol blanco, en un pálido y hermoso azul. No me fue difícil entrar y encontrarla, una enorme placa de bronce dorado rezaba:
Con no poco esfuerzo quité el frío mármol que nos separaba, moví hacia mí el féretro y lo abrí... el verla casi hace que me desvanezca ¡estaba idéntica! ¡Parecía dormida! salvo, quizás, por una leve sombra en el cuello que el frío del nicho y la palidez del mármol disimulaban a la luz de la luna. Pero estaba muerta, llevaba ¿meses? muerta.
Coloqué la bocina del “teléfono” junto a su oído izquierdo y el micrófono cerca de la boca. Era lógico: tras la muerte, las almas no se alejan mucho de su cuerpo; es hasta que comprenden el trance de haber partido cuando entienden que deben alejarse. Si la suerte estaba de mi lado, el alma de Laura todavía estaba con ella, aún no debía haber comprendido su partida, tan rápida, tan... sorpresiva. Al hablarle el sonido de mi voz sería transformado en una energía sutilísima que llegaría a ser oída por el alma de Laura gracias a mi invento; luego solo era cuestión de esperar a que mi amada escuchase y respondiese...
Hablé durante horas, lloré amargamente, la llamé, una y otra vez... ¡No contestaba! ¡no me hablaba! ¡Me ignoraba! ¿Puedes creerlo? Ni la muerte había cambiado sus modales. Al poco, comprendí: a ella, tan coqueta, no debía gustarle que la viera así, muerta, y por eso no hablaba, se avergonzaba. Dejé el aparato en modo de captación (guardaría cualquier sonido que se emitiese) y salí unos momentos... quizás a solas dejara algún mensaje para mí.
Sí, se había grabado un mensaje, claro y audible. Tras el tupido velo que separa a los vivos de los desencarnados la voz de Laura decía:
—Asesino.
Me la llevé y la quemé, para que no le cuente a nadie más esa mentira.
Nec