Nicolás
por Dardo Campoamor · 4/9/2026
Esta es una historia que no termina acá, como tampoco empieza luego de este punto.
Era una tardecita de verano cuando el octogenario señor Tolosa se encontraba en la vereda de su casa, sentado en su vieja reposera amarillenta, junto a su esposa Raquel, también de más de 80 años, y un matrimonio vecino, ambos un par de décadas menores.
El tema de conversación se centraba en la inseguridad, más precisamente, en los robos que el barrio venía sufriendo de manera esporádica en los últimos tiempos.
Tolosa, apodado “el zorro” desde tiempos inmemoriales, describía la situación y daba soluciones extremas, actuando como un soberbio soberano que no admitía discrepancia. Raquel asentía con cierta mezcla de melancolía y resignación, mientras que el matrimonio vecino actuaba como discípulos frente a un gran sabio. El anciano, arrecostado en su reposera levemente inclinada hacia atrás, daba indicaciones señalando con su dedo índice, el cual hacía años que no se enderezaba y por eso, la mano blanquecina iba marcando en el aire varios puntos, pero siempre con el dedo apuntando hacia abajo.
De esta manera, Tolosa decía:
—Hace años que estoy esperando que entren en mi casa, pido a Dios que entren, porque van a entrar… ¿pero salir? No, señor. Después alego demencia o que estaba en shock, pero les vacío el cargador, se los juro por la luz que me alumbra. ¿A vos te parece toda una vida de sacrificio y que entre un mocoso y se lleve algo de valor? Yo no tuve hijos, pero si los hubiera tenido, ahora serían grandes señores y no andarían como degenerados drogándose en las esquinas. Eso se terminaría con el servicio militar obligatorio o si los obligaran a tener un oficio. Yo fui vendedor ambulante de verduras cuando era un gurí —decía esto mientras empezaba a mecer su mano e iba haciendo aparecer los dedos según sumaba trabajos realizados—. Después anduve de changarín. ¡El trabajo que me pidieran iba y lo hacía! Nunca le contesté ni le retruqué nada a un mayor. ¿Había que hombrear bolsas? Tolosita hombreaba bolsas. ¿Había que hacer leña? El zorro ahí estaba, meta hacha y machete. Porque antes no era como ahora. Ahora con una motosierra te cagás de risa, pero antes, si ibas con la mano blandita, no durabas un día —señalando con su dedo torcido de la mano derecha la palma de la mano izquierda, hecha de una piel grisácea, casi transparente, que tenía el mismo temblequeo que la derecha—. Yo era un pibe de 14 o 15 años y ya tenía callos en las manos.
En ese momento, el hombre del matrimonio vecino lo interrumpe y, con todo respeto, le pregunta:
—¿El arma la compró usted?
Y Tolosa, riendo, le dice:
—No, mijo. Yo fui agente de la policía muchos años, pero me cansé y pedí la baja, pero al arma me la quedé.
Guiñó el ojo de manera exagerada y continuó:
—Pero a esa historia te la cuento otro día. La policía de acá es un desastre, mandaba más yo que el comisario. El problema es que había que andar todo el día en la calle y estos catangos vienen cada vez más rebeldes y, en la mínima que te equivocás, termina uno en cana y estos siguen muy campantes haciendo de las suyas.
Luego, como divagando, sumó a su relato:
—También fui pintor, carpintero, mecánico, ufff… Tengo para escribir un libro si quisiera. Las cosas que he visto —hizo una pausa para ver la reacción de sus oyentes— no te las podría contar. A estos pibitos de la esquina los conozco a todos y paso y los saludo. También conozco a sus padres y a sus abuelos. No encontrás a uno que sea trabajador ahí.
El vecino vuelve a acotar para que no sea un monólogo la conversación y dice, mirando a su esposa, exponiéndola como fiel testigo de lo que estaba por decir:
—Nosotros pusimos alarma.
Automáticamente, don Tolosa lo interrumpe y dice:
—Bueno, ves, yo no… y es a propósito —golpea el apoyabrazos de su reposera y se incorpora levemente—. Quiero que ellos sepan que no hay alarma y entonces van a entrar pensando que solo hay dos viejitos indefensos y ahí sí se las van a ver fea, eso te lo aseguro.
Luego la conversación se fue yendo hacia las anécdotas de la juventud y de costumbres ya perdidas que iban intercambiando las cuatro personas sentadas en la vereda mientras se moría la tarde.
Era la tarde-noche de un seco, pero apacible otoño, que mostraba el silencio en el barrio, el cual pedía a gritos ser conquistado. Es ahí cuando de todas direcciones y de a uno o dos, no más, se van reuniendo jóvenes en una esquina, la cual podríamos pensar como un imán o la podríamos imaginar colocada en el centro de una depresión, que hace que ellos caigan ahí y terminen todos reunidos. La razón puede ser la costumbre, porque no hay ningún llamado, ni organización previa. Tampoco son siempre los mismos. En algunas ocasiones aparece alguna que otra chica, pero es una etapa en la que se van reuniendo por diferentes afinidades y una es el género. Varones de entre 14 y 17 años, la mayoría en una competencia tácita de liderazgo.
Esta competencia requiere que se materialice en alguna provocación, es decir, poner a prueba la autoridad y, obviamente, no se ejerce sobre otro que podría acercarse en fuerza y astucia. Se busca una pequeña y segura muestra y es entonces cuando Pololo, de 17 años, ve pasar a Nicolás García y lo llama:
—Eh… Laucha, Nico, vení a fumar. —Deja una pausa y agrega—: te ésta.
Pololo estalla en carcajadas mientras observa el resultado de su broma. El resto de los que estaban en ronda se ríen y llaman al Laucha para que se sume al grupo.
El Carau, otro de los integrantes del grupo, pasa su brazo por detrás de Nicolás y lo abraza diciéndole:
—Vos tenés que demostrarle a estos pajeros que no sos ningún cagón. Traenos unas mandarinas del viejo Tolosa. Es fácil, el viejo no puede ni con él mismo, ni se va a dar cuenta que entraste.
Nicolás reía nervioso y agachaba la cabeza. Tenía cierto miedo de decir algo que lo ridiculizara, ya que él quería demostrar que, con sus 14 años, ya no era un niño y así pertenecer al grupo. No le d